Como introducción previa, citaremos la absoluta necesidad de hacer una evaluación de los efectos positivos esperados al administrar un medicamento a una mujer embarazada frente a los posibles efectos secundarios que se pueden producir tanto en la madre como en el feto.

La posible repercusión de la administración de un medicamento a una mujer embarazada y al feto va a estar sujeta a un gran número de variables, a saber:
– Naturaleza del fármaco administrado: potencial intrínseco de un medicamento de ser o no perjudicial para la madre y el feto (ver categorías de la FDA más adelante).
– Frecuencia de administración: ante un mismo medicamento, no son idénticos los efectos esperables si se administra el fármaco de forma esporádica, periódica o continua.
– Momento de la administración: según se realice la administración del medicamento en el primer, segundo o tercer trimestre, las consecuencias pueden ser cualitativa y cuantitativamente diferentes.
– Fase en la que se encuentra el embarazo: el momento concreto en el que se encuentra la gestación va a conferir un teórico potencial de riesgo a la mujer embarazada. Así, durante el primer trimestre que es cuando se desarrollan y diferencian la mayoría de los órganos y sistemas fetales, habrá una exacerbación de los fenómenos proliferativos, siendo especialmente susceptible de alteración en este periodo. La consecuencia de una acción negativa en este periodo va a producir la paralización y/o deformidad del órgano o sistema que se esté formando en ese momento.

Con este razonamiento, entendemos cómo son particularmente peligrosos para el feto los antimitóticos , ya que actuarán preferentemente evitando la «proliferación celular fisiológica» que supone el crecimiento intraútero de un nuevo ser.

– Estado nutricional, inmune y metabólico materno: un mismo medicamento puede comportarse de forma distinta según el estado orgánico y funcional de la embarazada. Por tanto, habrá que prestar especial atención a las patologías asociadas en el transcurso del embarazo.
Aunque la máxima de «no utilizar medicamentos durante el embarazo» sigue estando vigente, también se ha de estar atento y examinar aquellos trastornos que si no se medican, pueden tener peores consecuencias sobre madre y/o feto. Por tanto, sopesar el binomio riesgo-beneficio cuando se administra un medicamento, alcanza toda su dimensión en la mujer embarazada.

Señalábamos antes que un factor determinante del efecto teratógeno que puede ocurrir en el feto es la naturaleza del medicamento administrado.

Una de las tareas más difíciles que ocurren en el periodo de postcomercialización de un principio activo es determinar sus posibles efectos secundarios sobre el feto cuando se administra a una mujer embarazada.

Aunque se exige legalmente (y realmente se cumple) la normativa de ensayar todo nuevo principio activo que va a ser comercializado, sobre sus efectos teratógenos en animales de experimentación, lamentablemente los resultados obtenidos no siempre pueden ser extrapolados a la mujer.

Esto ocurrió con la dramática historia de la talidomida, un principio activo que superó satisfactoriamente todos los estudios en animales de experimentación sin mostrar efectos secundarios sobre los fetos y, sin embargo, sus efectos sobre la raza humana fueron y siguen siendo triste noticia.

Quizá resulte aún más difícil demostrar que un principio activo es inocuo para el feto cuando se administra a una mujer embarazada, que demostrar que tiene riesgo comprobado para el feto.

Demostrar que un principio activo conlleva un riesgo para el feto puede quedar claro con relativamente un número escaso de estudios clínicos y epidemiológicos. Sin embargo, demostrar que un principio activo es inocuo, requiere una exhaustiva investigación, no solamente en número de estudios clínicos, sino también en el tiempo, ya que los efectos teratógenos puede que no se manifiesten en el momento del nacimiento, sino meses o años después. Un ejemplo de esto es el empleo de dietilestilbestrol para tratar la amenaza de aborto y toxemias de la embarazada; los efectos teratógenos del dietilestilbestrol aparecían 12 o 14 años después, y la manifestación clínica era una mayor incidencia de adenomas y cánceres de vagina en las niñas cuyas madres fueron tratadas con este medicamento durante su embarazo.

Para poder establecer un marco de actuación en cuanto a la teratogenicidad o no de un medicamento, nos basamos en la clasificación que la Food and Drug Administration (FDA) hace para tal fin. La FDA clasifica los medicamentos dentro de cinco categorías según su potencial teratógeno (A, B, C, D, X).

– Categoría A : estudios adecuados y bien controlados, no han logrado demostrar riesgo para el feto en el primer trimestre de embarazo (y no existe evidencia de riesgo en trimestres posteriores).
– Categoría B: indica una de las siguientes posibilidades:
a) En estudios sobre animales no ha habido manifestación teratógena, pero esto no ha sido confirmado en mujeres.
b) En estudios sobre animales se ha detectado un cierto potencial teratógeno, pero no han podido ser confirmados en la mujer.
– Categoría C : indica una de las siguientes posibilidades:
a) En estudios sobre animales se ha detectado efecto teratógeno, pero no se ha confirmado en la mujer.
b) Aún no se han efectuado estudios (ni en animales ni en mujeres).

– Categoría D : se han efectuado estudios que demuestran efectos teratógenos sobre el feto humano pero, en ocasiones, el beneficio obtenido con el empleo de estos medicamentos puede superar el riesgo esperado (uso en situaciones límite de posible muerte materna…).

– Categoría X : medicamentos que han mostrado, indudablemente, poseer efectos teratógenos manifiestos y cuyos riesgos superan con creces el posible beneficio a obtener.

En la página web drogas en el embarazo y lactanciase incluye la relación de principios activos considerando su clasificación teratogénica.